viernes 20 de noviembre de 2009

Podrido


Doña Irreverens (para mí, Bugs) ha tenido a bien publicar un post sobre una de las mayores desgracias que soporta esta sociedad podrida en tantos aspectos: la pedofilia y ese tipo de cosas. Podéis leerla en su blog: http://irreverens.blogspot.com/
Por mi parte, y aunque no soy muy aficionado a las celebraciones "puntuales" (¿Por qué un 20 de Noviembre y no todo el año?), contribuyo con esto:


Tal vez

Siempre has sido un machote. De niño, en la escuela, le zurrabas a los más pequeños. Pasaba un perro y ¡zas! una pedrada; o una patada, si lo pillabas bien. Tu rabia interior, el ser un cero a la izquierda en tu casa, ver a tu padre dándole a tu madre con lo primero que tuviese a mano, a tí también si te acercabas a él... pero ya eres mayor. Las tías... bah, de usar y tirar. Lo malo es que últimamente las cosas se están poniendo jodidas, y ya no puedes meterles un buen guantazo si no se dejan hacer: ahora se rebelan las muy putas, y eso que les va la marcha, a muchas los malotes las ponen, pero... ¿cómo distinguirlas en una noche de borrachera, que no sabes lo que tienes delante, que parecen una cosa y luego son otra? No. Ya está bien de riesgos. Con las niñas es más fácil: las acojonas, las metes en un portal, o en el coche, o las llevas al descampado, y si se ponen muy bordes... claro que también eso se está poniendo jodido, y no piensas acabar en la cárcel por una chorrada de esas. Así que Internet: un ratito buscando, cuatro o cinco páginas bien elegidas, esas que ponen "preteens" o cosas así, y ya está. Estos putos demócratas de los cojones te están arrinconando.

O bien

Eres un exquisito, un refinado de los placeres. Aquello de que el sexo es un pozo sin fondo al final resulta que era cierto; como las drogas, como el juego, como todo lo que no se controla, lo que se usa a fondo, sin trabas, a muerte. Como todo lo que no valoras más allá de un espasmo o de la sensación orgiástica de haber quedado roto, vacío, y no recordar con quién, o con qué, o dónde: eres tú y solo tú, eres la medida de todas las cosas, el bárbaro precristiano, el hedonismo mal entendido, la ignorancia de lo mal leído, de lo mal asimilado; una mierda eres tú, chico refinado, chico maldito, qué sabrás tú de los griegos, de los babilonios, de nada que no sea el lado oscuro de las cosas... Y es tan cosa la puta como la baraja o la coca: simples medios para satisfacer tu desequilibrio de ignorante de alto standing. Pero el medio va perdiendo brillo, pierde su fascinación si no se matiza: los placeres, los buenos vinos, todo en esta vida hay que saber valorarlo, administrarlo como algo precioso que los dioses nos han otorgado para sobrellevar las penas de este mundo, como decían algunos árabes mucho más inteligentes que los de ahora... Los exquisitos del juego te hablan de la ruleta rusa, lo más de lo más, pero... no. La coca da más palo si la mezclas con dexedrina, o te montas un buen speedball, pero eso es otra ruleta rusa. Y las putas... o tus compañeras y compañeros de juegos, tan distinguidos como tú, tan mujeres u hombres al borde, tan liberados y modernos.. también se están aburriendo. Vamos hacia atrás, pues, como hacían algunos de tus queridos griegos, romanos, babilonios e incluso algunos papas: la infancia. El refinamiento final, el culmen.. la regresión. Qué decadente eres, qué esteta del paganismo, qué flor de la sapiencia.

O quizá

Eres un currante, simple, oscuro, sin ilusiones por nada que no sea la borrachera del fin de semana y cambiar de coche. Cincuenta años, o más. Gordo. Tal vez divorciado, o tan feo, o tan acomplejado que nunca llegaste a tener una mujer sin pagarla. Ya no se te levanta, reconócelo; sí, podrías ir al médico, pero eso da mucha vergüenza a la gente como tú, y además para qué: en Internet, tu única diversión, venden pastillas, y para matarte a pajas es suficiente. Por cierto, lo de Internet es la repera: miles y miles de páginas de todo tipo; negras, gordas, chinas... caras de niñas. Las niñas... sabes de un colega tuyo que se ha echado dos semanas en Tailandia y dice que por cinco dólares -¡joder, al cambio dos o tres euros!- haces lo que quieres y hay de sobra donde elegir; y si te van los niños, igual. Pues habrá que pensarlo: nadie te conoce, los niños cuanto más pequeños mejor, menos saben, los diriges tú, si les das diez dólares en vez de cinco ya eres el puto amo... Lo dicho, que habrá que pensarlo. Ah, y esa página de bebés que viste ayer..

O... ¿qué coño te pasa?



jueves 19 de noviembre de 2009

Casualidad


- Pero... ¿ha hecho algo malo? Quiero decir... ¿ha faltado a clase, o monta líos?
- No, no, nada de eso: Fernando, en conducta, es casi ejemplar, no hay queja. Es la falta de concentración: me resulta extraño que un chico como él, de buenas notas durante todo el Bachillerato, activo en clase, participativo, se haya vuelto taciturno en este último curso. Anda como perdido, descentrado. Y claro, en circunstancias normales no tendría problemas en la Universidad, pero...
- Sí, hay una causa: su madre y yo nos hemos separado. Y ya sabe usted cómo son estas cosas...
- Ah... bueno, ahora lo entiendo. Pues... no sé qué decirle... en fin.., lo siento. El caso es que, a pesar de todo, serán ustedes conscientes de que...
- Sí, sí, no se preocupe. Vive con ella pero nos vemos casi todos los días, no ha habido escenas -al menos delante de él-, pero comprenderá que no es plato de gusto para nadie, y menos para un hijo.

Y seguísteis hablando un buen rato. Tú, por tu condición, por tu experiencia en tantas cosas, sentiste algo raro flotando en el aire, algo no explicado: faltaba una pieza del rompecabezas, y no iba a surgir en una conversación "académica" , así que te arriesgaste: ¿quiere usted que sigamos hablando otro día.. o en otro sitio? Y él, no muy convencido, dijo que bueno; no muy convencido, pero lo dijo... podría haber cientos de razones distintas, tenías que extremar el tacto, ser prudente, darle cuerda y dejarle ir por donde él quisiera. Mañana tengo libre de cinco a seis; si usted quiere, en el bar de abajo... miró el reloj: un gesto reflejo. De acuerdo, mañana a las cinco.

Al día siguiente el campo se abrió un poco más: hacía años que ella y él se hablaban lo justo; sin estridencias, sólo distancia. Fernando había tenido una infancia dichosa, rodeado de padres y abuelos en arrobo. La infancia es inconsciente... Pero -otra vez ese algo en el aire- él nunca había estado plenamente convencido del paso que dió al casarse con ella. Aquí un alto: parecía sorprendido por la revelación que acababa de hacerte; a fin de cuentas os conocíais de nada, una reunión escolar el día anterior -media hora- y lo poco que llevábais hoy sentados frente a frente en una mesa de un bar en el que contínuamente entraban o salían escolares: tú saludando a algunos con un gesto de la mano, él como medio avergonzado, mirando a cualquier sitio. Fernando empezó a notar la tensión que se respiraba en casa; siempre ha sido muy equilibrado y discreto, es de suponer que lo vió como algo normal en las parejas, algo que no le incumbía porque el trato hacia él seguía siendo el mismo: ya se arreglarán. Pero últimamente la cosa se estaba poniendo muy cruda, hasta que por fin, hará dos meses, su padre cogió las maletas. Y sí, las relaciones son las mismas de siempre, pero claro... y tú tenías una clase a las seis y no podías preguntar nada más, sólo aconsejar, y... él te preguntó si podríais seguir hablando. Era evidente que necesitaba seguir contando cosas, desahogarse, y eso te sorprendió: tendrá amigos, alguien sobre cuyo hombro descansar un rato, echar una lágrima si lo necesita... bien, pues no sé, tú dirás cuando.

El viernes pasado. Las diez de la noche. otro bar. Se había dado cuenta de que tú eres lo que eres, de que solo tú podías entender el resto de la historia sin "horrorizarte". No te lo dijo, claro, pero seguro que ya se había dado cuenta. Y entonces comprendiste que sus "amigos" debían de ser, por la clase social en la que se mueve -colegio de pago, coche grande- cualquier cosa menos amigos de verdad: hay asuntos que no pueden airearse entre según qué gente. Y ya tuviste el cuadro completo: hace mucho tiempo que sospecho de mí mismo, que no me acerco a ella ni a ninguna otra, ya antes de casarme tuve la duda y tiré adelante porque sentí miedo, pensé que era la única salida para escapar de esto que me está golpeando, que vuelve a mí un día tras otro, que no me ha dejado dormir tantas noches, que ya no puedo seguir evitando... esa noche quedó claro que Fernando tenía que ser lo principal, te prometió que se volcaría en él sin más angustias ahora que había conseguido liberarse, ahora que se sentía comprendido, abrigado. Y pasó el fin de semana y cinco días más: etapa de reflexión, le dijiste tú.

Y ayer, sábado, os besásteis. Y tú, por quitarle hierro al asunto, intentaste una broma. Lo único que te salió fue:

- También tiene gracia la cosa, mira que llamarnos los dos Andrés... ya es casualidad.

Y volvísteis a besaros.


lunes 16 de noviembre de 2009

Viento


Dos masas colosales de aire a diferentes temperaturas se miden y se retan, se enzarzan, se sumen una en la otra como en un acto de apareamiento, y naces tú: definición, más o menos poética, de lo que estudiamos cuando éramos niños. Se acabó la clase, salimos al patio; esas hojas caídas, que plácidamente estaban viviendo su muerte, esperando su podredumbre, su recogida e icineración, se sienten incómodas esta mañana: unos enanitos transparentes parecen divertirse mucho dando pequeños soplidos sobre ellas. Al principio no es nada, un ligero escalofrío en sus nerviaciones -¿pero no estaban muertas?-, un leve movimiento que las desplaza de modo casi imperceptible, malhumoradas, molestas por esta contrariedad que altera su sopor. La arenilla del parque también se incomoda: el polvo de la tierra que la cubre como una sábana se airea, se alza como eso, como una sábana que mamá esté ondeando para ajustarla luego a la cama. Esa tierra microscópica parece euforizarse, sentir ansia por un vuelo de dos pulgadas, ese oculto deseo que siempre ha tenido de poder desplazarse a su antojo de modo autónomo, como las aves que a veces la picotean y escarban buscando el gusanillo que no ha tenido tiempo a ocultarse, o los trozos de pan que tiran los niños: envidia de alas.

Y lo que hasta hace poco era una sensación no más densa que un pensamiento automático, una premonición de poco calado, un suspiro entre dos esfuerzos, va creciendo. Y el perro, con sus orejas colgantes, ya no vigila el reptar de las hojas: alza la cabeza, el hocico busca y comprende, encuentra la línea y se gira: viene del norte; frío, lluvia tal vez. Y nos mira como diciendo: "¿qué, ya lo habéis olido, no? Ahí viene". Sí, ya lo hemos olido. Nacen ahora los remolinos entre la tierra del parque, pletórica, alborozada y veloz como los pájaros a los que ahora ya no envidia; esos pájaros que a su vez se están refugiando en los árboles. Qué raro es todo. Y las hojas caídas, francamente sobresaltadas por el trajín, como viejas pudendas que son, como arreboladas damas de honra intachable a las que se les cae un moco sin pañuelo a mano, vuelan también -sin quererlo, por supuesto: una dama intachable nunca se abandona a un arrobo. Todo vuela ya: las hojas, la tierra, ese papel que pasa -del periódico de ayer-, nuestros flequillos, las faldas de las compañeras de clase... ahora viene lo bueno: con una mano sujetan los libros, con la otra se tapan el trasero en un intento por detener el movimiento loco de la falda de cuadritos, para que no les veamos las bragas, esa ensoñación nuestra: mira, aquella es blanca; aquella otra es rosa con florecitas, o muñecos, o algo así... premio para el primero que distinga si son florecitas o muñecos... ellas van lentificando el paso para que nosotros nos adelantemos: ya, ese truco no cuela. Nosotros también sabemos rezagarnos, como hacen ellas en otras ocasiones; somos unos críos, pero ya nos hemos dado cuenta de que son tan tontas como nosotros: viva la tontería.


Una gota en la cara; dos, tres... hoy viene el agua haciendo compañía. El paraguas que no tenemos, que despreciamos, que odiamos porque aún somos jóvenes, nos vendría muy bien ahora que somos mayores por decreto social. Ya no miramos las bragas de las jovencitas: eso está muy mal visto, y además deberíamos querer ya carne sin pelea, desahogo, solución rápida, descongestión tasada al módico precio del compromiso; ya somos honrados trabajadores
nine to five que dicen los ingleses, ya conocemos el valor de las cosas, ya es un engorro este soplar sin fin, ya pensamos que esa novia idealizada fue pero no es: ahora sólo, crudamente, nuestra señora de, ya pronto tendremos un cachorro de honrado nine to five, hay que pensar en el salto de alquiler a propiedad, dicen que antes de los treinta queda todo definido... horror ante esa definición que nos señalará como simple masa productiva, mi sueño no era ese, hay algo que no se asimiló bien y aún sientes angustia ante la guillotina que se te acerca, no eres un correcto número erguido, ¿rebelde aún?, esas ligaduras de acero, ese tremendismo de lo insoluble, ese soplar y soplar de náusea metalizada, granítica, fuiste, eres y serás, más fuerte cada vez su tensión aérea sobre los puntos, más comas sobrevolando tu discurso volátil, todo vuela llevado entre círculos de aire fibroso, el tiempo corre más rápido que la mente... más densa cada vez la amargura.

Y el remolino de los años, de las épocas, de lo afrontado, de lo perdido, se eleva sobre nuestras conciencias, y el ulular frente a la costa se confunde con el grito del loco desnudo bajo el diluvio... sobre el acantilado la mar se arbola, arfan los barcos de pesca con su tripulación de marineros desquiciados, las rocas parecen erguirse sobre el oleaje reclamando su ración de espanto, la casquería de madera y cuerpos jóvenes aplastados contra ellas, las gaviotas huyen como confidentes policiales diminutos ante la potencia del caos, y ya no hay imagen: el caos es siempre una nada borrosa de claroscuros. Y luego la paz, el sosiego de la muerte. Y las hojas vuelven a la somnolencia y la tierra baja de su ensoñación. Ya estamos todos aplacados: aquí llega el brillo de un sol ufano y las noticias a las tres.


sábado 14 de noviembre de 2009

Ejecutiva



Pobre Carmen, qué aguante tiene. Dos horas atendiendo a tu discurso: que si Gonzalo llega tarde a casa con mucha frecuencia, que hace tiempo que te estás temiendo "algo", que ya no te da la lata los fines de semana... Carmen sorprendida: ¿dar la lata? Sí mujer, ya no se me echa encima como antes; que tampoco es que me importe, bastante tengo con el trabajo como para aguantar aún encima sus babas. Él no lo entiende, que tengo una carrera en la empresa, que si quiero llegar a lo más alto tengo que esforzarme, demostrar que soy la mejor, la más fuerte... pero él venga a dar la matraca: que si una excursión, un viaje, ir al cine... chorradas. No, no lo entiende. A él no le importa que sigamos viviendo en el piso, ni cien metros cuadrados tiene, no podemos invitar a casa a según que gente porque ya me dirás tú, la imagen... ¿sabes, Carmen? Aún no le he dicho nada, pero tengo apalabrado un chalet -una ganga- cerca de Villalba, una preciosidad, zona residencial full, a mitad de su valor: un embargo del banco, unos muertos de hambre que se han quedado colgados con la crisis... qué bien me está viniendo a mí lo de la crisis.

Pero, dijo Carmen, eso tendrías que hablarlo antes con él, ¿no? Igual no le parece bien.. ¿no dices que sus amigos, toda vuestra pandilla de siempre está en este barrio? A mí Argüelles me encanta, tiene vida propia, los dos nacísteis aquí... No, Carmen, eso es nostalgia pura: cada persona tiene que vivir de acuerdo a su estatus, y el mío -y el del tonto este, aunque no quiera- está en una zona residencial, como dios manda, que ya no somos críos de tasca y pincho de tortilla, coño.

Pobre Carmen. Te cae bien porque no tiene maldad, es una simple, una de esas universitarias que andaba pegando berridos contra la guerra, esas tonterías que ni nos van ni nos vienen, y ya la ves: dando clases en un colegio de Vallecas; qué digo un colegio... un parvulario, la mitad gitanos, y la tía tan feliz... tiene cojones la cosa. Seguro que las pasa putas para llegar a fin de mes, con ese Ibiza pulgoso de tercera mano que se cae por todas partes, esa ropa barata de jipi, o hippie, o como se diga... ácrata, dijo un día que era. Inocente. Pero sí, te cae bien por eso, por infantil. Os conocísteis los tres en el Instituto y luego, durante unos años, cada uno siguió su camino: ella Filosofía y Letras, tú Económicas y Gonzalo... bueno, Gonzalo era un veleta: simpático, guapo, pero un atontado; otro jipi, bastante hizo acabando Empresariales y encontrando ese trabajo de comercial de mierda; porque te dejó preñada una noche de juerga, que si no... en fin, tampoco era conveniente ir de soltera por la vida, en tu estatus un marido es parte de la decoración, del formalismo, de lo recomendable: da imagen de estabilidad. Y tú eres la triunfadora, la que da brillo a la pareja.

Y bueno, la Carmencita esta... hará un año. Os la encontrásteis en el hiper, dónde si no. Y lo de siempre, qué alegría verte, qué es de tu vida, y unas cañas, y quedásteis para otro día. Y viste que no te podía hacer sombra: eso, una simple. Pero como amiga está bien: nunca te discute nada, te deja hablar todo el tiempo -de tí misma, claro-. Seguro que en el fondo te admira. No es de esas alimañas con las que te cruzas todo el día en el trabajo, esa tropa de aspirantes a triunfadoras a las que, poco a poco, vas cortando las alas: ni una sola es de fiar. Pero sabes defenderte. Y desde que has recuperado la amistad con Carmencita, de vez en cuando quedáis y la usas de confesora, para relajarte un poco, como un cojín de plumas sobre el que recostarte cuando te notas tensa. Y hoy le has contado tus sospechas sobre Gonzalo: porque imagínate que se me larga con algún pendón de esos, y me hace quedar en evidencia. Por el dinero no hay problema, todo está a mi nombre, hicimos separación de bienes, pero... ya sabes, Carmencita, estas cosas siempre dejan un runrún en el aire, en la empresa podrían pensar que es culpa mía, no sé. Estoy muy bien, ya ves que estoy muy bien, en mi peso; un poco plana, pero ahora se llevan las mujeres así, ya viste lo que dijo Lagerfeld el otro día, y tiene razón... en fin, Carmencita, perdona, no es por meterme contigo pero esas domingas tuyas son muy sesenteras, no sé si me entiendes...
Pobre. Tenía que irse. Bueno, otro día seguiréis hablando: tú al despacho, que ya van a ser las cinco. Y a las siete tienes fitness, y luego training, y antes de las diez de la noche no llegas a casa. Menos mal que la criada, la analfabeta rumana esa que trabaja por cuatro duros sin contrato ni nada, ya tendrá la cena hecha y al niño durmiendo: venga, al curro, como dicen los pringados; como dice Gonzalo, sin ir más lejos.

- Mmmm, qué bien hueles hoy, Carmencita... te voy a arrancar el sujetador y la braguita a bocados.

- Mmmm, Gonzalín, qué calentito estás... por cierto, tu señora me ha informado de que en breve vais a efectuar un cambio de domicilio.

- ¿Ah, sí? Tremendo chalet, no me digas más. ¿A que acierto?
- Totalmente: en Villalba, como los señores.
- Ya. Pues que le vaya bien. Mañana mismo cojo las maletas.... bueno, a ver ese sujetador...


martes 10 de noviembre de 2009

Mirada


Nunca me importó el peligro. No conocí a mi padre y puede que mi madre no me haya mentido, que no supiese quién la dejó preñada: pasaban tantos por su cama que yo sólo fui un simple accidente, o eso me dijo. Y lo acepto: nunca le eché la culpa de nada, del mismo modo que no acepto que nadie me eche culpas a mí. Hasta ahí, bien. La cuidé lo que pude cuando ya se vino abajo, poco después de retirarse gracias a mi dinero; le busqué una buena residencia, murió pronto, aquejada de mil enfermedades y sin una sola queja. Era mi madre: aunque nada le debía -porque venir a este mundo en tales condiciones no es ningún favor- traté de ser lo más "civilizado" posible, y en los últimos tiempos llegamos a profesarnos un mutuo cariño, lindante con el aura idílica que la tradición materno-filial preconiza. Bien. Mientras ella siguió trabajando de puta, su hermano y la cuñada me criaron: muchas gracias. Estudié hasta COU como un crío normal, los libros me gustan, sigo leyendo siempre que puedo, entre negocio y negocio, entre trampa y trampa, entre soledad, timbas, puticlubs y comisarías... Nada debo a su hermano, nada me debe él. Estamos en paz.

Ya lo sé: soy un obseso de la igualdad. En esto me he criado, en el no deber ni que te deban; o al contrario, en el compromiso entre quien te debe una o se la debes tú a él; me parece más honrado eso que las relaciones entre la gente "normal", de boquilla, esas palabras tan vacías como "amigo" entre mentirosos, "cariño" entre putas, "socio" entre ladrones, toda esa basura lenguaraz que corrompe el idioma, los sentidos y la razón. No; a mí que me vengan de frente, que me llamen hijo de puta porque lo soy, que no me pierdan el respeto mintiendo, tratando de engañarme con lisonjas: así puedo entenderme con quien sea. Las cartas boca arriba. Siempre. Y si no, una buena patada en la boca en el callejón de atrás. Siempre hay un callejón de atrás. Mi vida se masca entre callejones y repartos de botín; también yo llevo mis buenas hostias cuando me equivoco, o cuando me paso de listo. El respeto, siempre.

En ese río, en esa ciénaga me desenvuelvo yo. No doy lecciones de nada, ni acepto que me las den a mí. Soy honrado hasta donde puedo serlo: no me considero malo en el sentido estricto del término, pero tampoco voy de víctima. No soy una víctima porque conozco las armas que la vida ha puesto en mis manos para sobrevivir, y con ellas me defiendo. Ya digo, con los que vienen de frente no tengo problemas: detesto al débil, porque será un traidor; detesto al meloso porque será quien me venda. Lo tengo muy claro, eso. Y cada noche es un juego a todo o nada, cada huída un quedar sin aliento, cada dinero que gano un riesgo medido, cada mujer un servicio pagado, las drogas no están en mi diccionario, la honradez entre criminales es mi única ley. ¿Quién se atreve a juzgarme? Que dé un paso adelante, que se atreva a decir que es mejor que yo, que se atreva a decir que él no se miente a sí mismo...

Y hasta ayer, todo iba bien: era dueño de un universo racional, mi mundo estaba equilibrado, mi única angustia consistía en la posibilidad de una traición o tal vez un paso mal dado, un error de cálculo, una duda mal resuelta, el azar no tenía opciones contra mí si yo no se lo permitía con una fantasía que se saliese de mis parámetros, si no me pensaba más de lo que soy. Pero anoche...

Anoche me crucé con tu mirada.


jueves 5 de noviembre de 2009

Enamorada




Y ya no lo pensaste más: dejaste tu carga, tu miedo al dolor, tu inseguridad, el bagaje de la mujer común que habías sido hasta hoy, lo apilaste todo a un lado y te subiste a la roca más alta, la roca de la Decisión. Ya no había que mirar atrás, sino al frente: el océano de sensaciones al que desde ahora perteneces, que desde ahora mereces, te estaba llamando. ¿Dudas? No; todas quedaron allí, en aquel fardo inútil del que te liberaste. El salto espléndido con los brazos extendidos, la cara alzada, el pelo ondeando, sintiéndote sirena para siempre; los brazos luego se unieron, el dorso de tus manos que ya iban por delante de tí, y quebraste la superficie del agua con la punta de tus dedos: zambullido magnífico, entrada en el útero marino, sensación de frescura instantánea en todo tu cuerpo...

Una gigantesca cortina de pequeños peces multicolores se rasga a la mitad para darte paso: ya nadie te va a parar; vas directa a tu nueva casa, a esa casa que siempre habitaste en tu memoria inconsciente, esa casa de la que tantas veces has oído hablar por boca de otros o de la que tienes conocimiento por las novelas, por las películas, soñadora despojada... siempre has vivido en tránsito, en chozas del sentimiento, en cuevas de supervivientes, en lechos compartidos con hombres a los que no reconocías, apaños, furores de una semana... Ahora sí sabes de quién eres, sabes que él lo sabe también, que os estáis esperando, que esa ostra está criando la perla en su seno, que las guitarras submarinas te acompañan, que las ondas, las corrientes, las burbujas, los colores son vuestros cómplices... Mira, ahí queda Neptuno saludando. Te guiña un ojo: bienvenida. Vaya, con la alegría se le ha caído el tridente...

Debe de ser verdad eso de que a las puertas de la muerte o de un amor profundo pasa toda tu vida ante tí como en un desfile: ahí va toda la tropa de la Warner... toda no; ¡ah, claro! Allí está el Coyote, zampándose al Correcaminos... ¿ves? Aquí hay justicia. Y al otro lado Silvestre, sentado a la mesa con el Principito, merendándose al cabrón de Piolín: poco pájaro para esos dos. Ahora... ese tío gordo con gafas y pinta de ejecutivo idiota no es... ¿no fue tu primer novio? Vaya. Pues ahí lo tienes, limpiándole las cacas a los bebés de los tiburones: justicia, lo que yo digo. Esto se pone interesante. Bueno, aquella... es tu madre. No te preocupes, ya pasó, se acuerda mucho de tí. Las guitarras submarinas otra vez... estás llegando... mira a tu derecha...

Ahí está. Él. También se ha tirado, por supuesto que se ha tirado, ha cumplido el pacto, va a tu lado como lo hará siempre desde hoy; no habléis ahora, no habléis aún, seguid adelante, ya falta poco... tu piel experimenta mil escalofríos, tus poros se inflaman de orgullo, de emoción, tus pliegues de mujer se abren, qué estará sintiendo él... y esa lágrima que no se distinguiría en la lluvia es en este océano una diminuta línea dulce entre la sal, una corriente microscópica que se une, se enlaza con esa otra que viene de tu derecha, de sus ojos, hace que la perla nazca, y ya sabes lo que está sintiendo él, y ya estáis en vuestra casa... y las guitarras submarinas no saben si seguir sonando o callar ante vosotros. Ante vuestra Realeza.

Alzad la regia mano: decidles que vuelvan a la costa. Seguramente hay otros esperando para tirarse.


lunes 2 de noviembre de 2009

Bailarina


Una espera corta, acompañada por el laúd... Silencio ahora: la bailarina sube al escenario: un velo rojo sobre la cara, un gran velo semitransparente a modo de chal, volátil, vaporoso, recubre gran parte de su cuerpo, casi hasta los pies. Los pies: raíz y tallo; la cabeza, la cara: flor naciente que asoma de su vaina. La vaina se abre, la flauta inicia la revolución de sus caderas, la insurrección del contoneo; primero muy suave, luego los tambores resuenan en su grupa, el acordeón, la bailarina comienza a girar sobre si misma en movimientos sincopados, las caderas la llevan, dicen los de su raza que en sus caderas se mecen las estrellas, los crótalos manejados sabiamente por sus dedos acompañan el tintineo....

La codicia. Eso es lo que me perdió. Meterme en un fregado que no tenía ningún sentido. Y ahora no me queda otra que escapar, lo que dice el Pelos: agarrar el barco y desaparecer. Quedan dos días, malo será que... Lo que más me jode es que no había necesidad de matar a Cosme. La cosa era sencilla, todo estaba oscuro, darle un buen palo por detrás, sin que nos reconociese, coger los cinco kilos y salir por pies; pero el cabrón de Armando, ese gilipollas... "que sí, que yo a este tío me lo cargo, que es un hijo de puta". O no sé, quizá tenía razón, puede que sospechase que habíamos sido nosotros. Pero al final qué: Cosme muerto, sus amigos cabreados por eso y por los cinco kilos, y sospecharon de Armando, y al final van y lo trincan...

... el tintineo de los nacientes pensamientos lujuriosos en el público masculino; odalisca, hetaira, hurí... esas palabras de húmeda evocación... allá va, esa seda envolviendo sus piernas culebreantes, "belly dance" dicen los gringos, "dance du ventre" los gabachos; la chalequilla bordada, delicada, abultada por esas dos delicias gemelas, los ojos perdidos; los del público, no los de ella... los brazos al frente en arco, o hacia arriba, la música reiterativa, obsesiva... Cuando comienza con esos giros, con esos movimientos de salvajismo pautado, el ocho hacia atrás y hacia adelante, el camello, el péndulo, el temblor, la vuelta africana... Dios, qué nombres, obsesión, obsesión, sudor...

Sí. Tenía que haberlo pensado mejor, cuando te metes en una de esas ya no sabes lo que puede pasar. La codicia. Con lo bien que me iba de poco en poco: cortando la coca al diez por ciento ya me daba para un mes viviendo de puta madre... joder, si hasta me sobraba dinero para comprarle el BMW al Patas, a la Carmen la tenía como una reina, ya sólo follaba conmigo, pero no... yo quería más. Y el gilipollas de Armando va y me lía: ahí quedó, ardiendo dentro del coche, en el monte, en el culo del mundo; pero claro, primero cantó hasta la Primera Comunión. Y ayer pillaron a Ramón y al Cucas, que si no es porque ando listo me trincan a mí también... a saber dónde acabaron esos dos... Y yo corriendo como un idiota por media ciudad, y dos taxis, y al final aquí escondido, como una rata... Vaya, se me está acabando el tabaco...

... sudor, el baile del pecado, su cuerpo girando como una voluta de colores en homenaje hacia lo alto, descendiendo y volviendo a elevarse, llevando con ella la perdición, la sumisión a su dominio, su embrujo, el Occidente de las doce de la noche cae a sus pies, arrebatado por la marea de los sentidos... y ella sonríe. Sabe de su poder, sabe que los tiene babeando como alimañas prestas a saltar sobre ella. Y otro giro, otro latigazo a las bestias, otro murmullo abajo...

La codicia... Bueno, saldré a por tabaco... esos dos de ahí fuera.
.. Ya esta: el Pelos ha cantado.


... y el encanto gira y gira, y las mentes también, y el humo, el calor, el sudor, y de repente los instrumentos callan en un instante seco. Se ha detenido el tiempo: fin del baile. La bailarina quedó inmóvil, el público no se ha repuesto aún, no ha bajado del carrusel... más silencio. Ya vuelven en sí: aplausos, gritos, alguna imprecación obscena por lo bajo...